First date.

– No seas cabrón y reúnete con ellos.
– Las cosas no son tan sencillas.
– Deberías sonreír hoy que las cosas son.
Después de estás palabras, el viejo tomo su bastón, bastón simple, rústico, con la forma de algún animal entre sus dedos, y se camino congelando el tiempo hacia su hogar.
Desde hace varios días estaba mal. De algún modo encontraba más razones para esto que lo que en verdad eran: al invierno, las chicas, los viajes, la escuela. Pero desde hace más tiempo he sabido que la diferencia entre fruncir el ceño y crear «patas de gallo» era mi forma de ver las cosas, eran las decisiones que me llevaran cerca del sueño.
De algún modo nunca volví a regresar a ese lugar en específico; de vez en cuando paseo por el parque, pero el recuerdo del viejo cada vez es más fantasmagórico, como un sueño perdido.
Ya que debo hacerte una confesión de nuestra primera cita, pues…
En busca de una forma de escribir el prólogo que me encargaron para aquel libro, paseaba por el parque. No hubo un ruido al estilo Hollywood, simplemente pasó el viejo Ernesto y me saludó, me saludó con las misma cordialidad de hace años. Su bigote recortado aún me sigue pareciendo algo muy elegante en su persona.
-¡Pero si no has crecido nada!- me decía al tiempo que le tendía la mano, un poco extrañado.
-Usted tampoco ha cambiado mucho- ¡hace años que no lo veía!
-Si… pero estoy de nuevo aquí.
-Espero que no venga aumentada su lo que creí ironía no sea sarcasmo.
– No. Es la verdad. Creo que tendré que decirte de nuevo que dejes de ser un cabrón.
-¿En donde estaba?
– Morí. Pero conocí a Melquíades. Platicamos lo suficiente como para que soltar la sopa.
-¿Cómo es la muerte?- En ese momento la sonrisa que había acompañado su rostro desde el muto reconocimiento menguó.
– Hijo, no me pidas que te explica cosas que no son de aquí con palabras que son de aquí. Sólo te puede decir que no hay límites. La muerte y la vida se necesitan.- y de nuevo la sonrisa con una luz especial en su rostro- Son dos amantes.
– Ha anochecido.
– ¿Te volveré a ver?
– ¡Claro! Me debes ayudar a escribir.

De esta manera fue como volví a ver a la persona que inspiró que escribiera. Es un viejo muy triste, pero creo que es porque encontró muchas cosas bellas mientras estuvo muerto.
-¡Es una historia fabulosa!
– Ahora es tu turno.

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