Te odio.

Te odio. Cuantas ganas he tenido de decírtelo con todas sus letras y poder ver tu reacción después de que estas sílabas salgan de mi boca. Y es cierto, pero no te lo puedo decir porque es la clase de odio más destructiva que existe, me la tengo que guardar porque es el odio que nace de una aprehensión insana. ¿De qué manera hubiera pensado el día de ayer que esto me iba a pasar? ¿Cómo iba a reaccionar si de ninguna manera pensaba que me dijeras “te quiero”?
Te odio. Eso es lo que tengo que derramar sobre el papel porque me consuela en las noche frías en las que pienso un mil historias, porque no me sin nada en la cartera no me queda nada más que soñar.
Te odio. Pero no te lo puedo decir porque tú no tienes la culpa de este deceso. Mi mente de obscuridad es la que ha querido que seas un lumbral en el cielo, cuando sólo eres tú misma. ¡Cómo se cambia! Si el día de ayer estaba absorto en la contemplación de una niña que ahora se da las ínfulas para hablar conmigo, yo la conocí ya hace algunos años y ver que su mente mantenía más secretos de lo que hubiera podido imaginar me llenó de la grandeza de la vida. Pero el simple hecho de observarte me puso piedritas en el alma, y bien sabemos los dos que son de esas que cosas soportables pero demasiado molestas.
Te odio y las ideas se me escapan. Tal parece que alguien me ha desatornillado una oreja y andan volando por mi cuarto, dejando su típico olor a aceite. Las ideas vuelan y me han dejado a merced de la sensibilidad: el frío en mis pies y manos, le constante sentimiento de malestar que se genera en el centro de mi ser. Palabras vanas que van y vienen detrás de los ojos sin ningún sentido, porque se trata de algo que manejamos los que nos sentamos en el piso para poder contemplar la gran vida. El malestar que se genera en el centro de mi ser, sube y encuentra un embotellamiento en el pecho y rocía la mente de una manera casi dolorosa. Son náuseas que explicaban los existencialistas. Vamos causando náuseas ante el descubrimiento de una existencia sólo es una formación de la esencia, decidí que fueras parte de ella y también por eso es que traigo una bola de estambre en la garganta y me duele la cabeza y creo tener frío.
Trato de odiarte por venganza de mí contra mí. En la revelación de mi realidad crece una ira que debería arremeter contra tu persona, pero tú estás en otro mundo y la saeta no te puede tocar de ninguna forma. El este mundo conceptual ¿cómo podría herirte lo que ignoras? El producto de mi debilidad, aprehensión, estupidez, me hiere a mí mismo, sólo en mí existe y se desarrolla como plaga del Dios de Abraham.
Julio oyó pasos y en el tiempo en que salió de sí y la puerta se abrió sus penas estaban apretadas en un puño y la silueta de Cora era recortada por la luz del pasillo.
-¿Qué haces en medio de la obscuridad?

-Nada.- Y Ese “nada” le dolió como una gran mentira de la persona en la que más confiaba.

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