Lenguajes.

Ojos negros brillaron en medio de aquel hedor de hombres después de una jornada de trabajo, de jóvenes que mezclan los sudores de las manos y de mujeres de axilas mojadas. No había otro lugar en donde ir ni persona merecedora de que se le diera el asiento, por eso es que después de un par de rápidas indagaciones se sentó. Fue casi en el mismo movimiento que oyó la voz irritada que llamaba a su madre gritando que se tenían que dirigir a la otra pinche dirección. El chico alzó la vista como respuesta natural ante la alta voz y encontró los brillantes ojos negros. La fuerte mujer cargaba a una pequeñita preciosa la cual presumía sendas chapas en sus mejillas. Carlitos le sonrío y ella pintó una mueca en la que le respondía que ella no entendía a las personas alrededor suyo, tan apretados, tan malhumorados, tan poco como Carlos. Así fue que el chico conoció aquel lenguaje por primera vez.
Fue el siguiente día que pudo experimentar por segunda vez en aquel lenguaje no hablado. Llegó al centro en donde una mujer miope y con el corazón roto se empeñaba en cantarle el sonido de las letras en inglés y repetir hasta el cansancio las largas listas de verbos y new vocabulary. Había faltado una semana excusándose con una enfermedad, pero sólo él sabía que no le gustaba que al principio de la clase lo tratara como “Carlitos” y al final le gritara, masticando otros nombres que el niño no alcanzaba a descubrir.
Cuando Carlos llegó de la mano de su madre se encontró con una cáscara de felicidad en la miss y la noticia de que tenía una nueva compañerita. También eran ojos negros los que le dijeron en ese momento que ella no quería estar allí. Él le contestó que estaban en la misma situación y la comprensión mutua (empatía) los llevó a ser amigos desde el principio. Carlos siempre recordaría a Laura  con su vestidito floreado y el cabello suelto que le llegaba hasta el hombro. El rostro moreno que, después, ella le dijera que era color canela, pero sobre todo los diminutos huaraches blancos  que hacían tanto ruido cuando la niña corría, y se movían a un lado y otro con las carcajadas  producidas por burlarse de la miss.
Ciertamente podemos argumentar que era el mismo lenguaje el apretón en la pierna para comunicar “ahí viene la miss” y el abrazo que se dieron aquel crepúsculo en que los padres de ambos chicos tardaron en recogerlos. No me atrevería a hacer una traducción  de lo que se dijeron en aquel abrazo pues mi ignorancia es abismal en este caso.
Todos soñamos, pero es un fenómeno de jóvenes planear sobre los sueños y cuando Carlos recuerda que simplemente un día dejó de ver a Laurita y su corazón dejó de alterarse con el sonido de los huarachitos blancos, también recuerda que quizás un par de promesas se quedaron volando en el aire.
El joven Carlos Álvarez, brillante estudiante de Derecho, chico alegre y amable para la mayoría de las personas que lo miraban de lejos, se levantó del lado acertado de la cama. Hoy es un día importante para Carlos, y no va a graduarse, ni va a pedirle matrimonio a su novia, mucho menos va a comparar su primer auto, solamente habla de nuevo aquel lenguaje.
Es ante el espejo que Carlos se percata de algo inusual. Comienza por pensar en la tupida barba que años atrás no estaba allí. Sabe, siempre lo ha sabido, que sus ojos son color miel, pero extrañamente no se asombra de ver que la obscuridad cubre más allá de sus pupilas.
Se prepara como cualquier día, pero en su mochila mete una cajita forrada con terciopelo rojo regalada por su novia, dentro de la cajita hay monedas. Cuando suena la señal para que comience la clase de teoría de las obligaciones, Carlos entrega su boleto y sube al camión que lo lleva a Guanajuato.

Carlos busca mucho tiempo con una certeza en el alma similar a la fe. En la noche de algún día Carlos entra en una casa de té. Detrás del mostrador le sonríe una chica de piel canela y cabello suelto; él piensa que será la cuarta y última vez que se comunique así.

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