«Dijeron que la noche
de soledad estaba enferma
y que el viento
le cantaba sonatas al oído.
Dijeron que la vida
yacía sobre la yerba,
y que nuestro amor
era Cristo fallecido.»
Sofía aguantó el sabor metálico hasta que terminó el verso. Ella sabía que algo, muy pequeño, había pasado.
Lo notó al pensar en su horrible actitud de el atardecer anterior. Porque lo importante es que no se puede detener al tiempo y quizás hoy sí crearía a su ser interior y no se dejaría moldear por el mundo.
Por eso fue que no peinó su cabello y tomó una liga para amarrarlo después. Pero permaneció largo rato frente al espejo. Quitaba y ponía el cabello en su cara, después fueron sonrisas y coqueteos que brillaban en el cristal azogado, terminó con una serie de gestos que iban desde lo extraño a lo cómico, y después más cómico.
Después de aquel largo monólogo, en el que buscaba una respuesta, se prometió a sí misma no pensar más en ello.
Para agregar a su tortura, era un día ideal, o al menos así lo parecía para Sofi. El sol llenaba los huequitos entre los árboles con una luz dorada, el viento soplaba quedito, como invitando a los ciudadanos a jugar. Detrás de las hojas verdes y flores de jacarandas, cantaban pajarillos que Sofía nunca supo nombrar. Fue como un reflejo levantar los brazos y llenar los pulmones hasta que dolieran, y trato de disimular su sonrisa aunque nadie la viera.
Ese día su profesor, con un corazón de pan viejo, le dijo que se veía más joven, aunque no era pretexto para no borrar su cretina sonrisa, haciéndola sonrojar. Ese día no tenía sueño, ni le dolía la cabeza, ni estaba aburrida, ni recordaba una sola de las palabras de sus profesores. Volvió a dibujar de nuevo y a poner notas a sus dibujos con letras de canciones. Realmente era un día inusual.
Nadie pudo quedarse con ella, tenían que llegar temprano o convencer a otras personas de cosas sin sentido. Sin querer, volvió a pensar en eso pues estaba de nuevo al atardecer, con el sol que llegaba hasta un púrpura en frontera con un azul desvaneciéndose. De pronto, sintió un frío que recorría muy despacio su espalda; un frío que la hizo erguirse. No volteó porque sabía que era aquella mirada, la de el atardecer anterior, que se posaba sobre ella. Tragó saliva al momento que intentaba contener a su corazón, latiendo cada vez más rápido. Podía escuchar, pero quizás lo imaginaba, la respiración tranquila que se acercaba a su espalda.
Sofía estaba sentada en la parada de autobús al atardecer. El autobús pasó y Sofía no pudo subir. No podía mover un sólo músculo pues estaba petrificada, porque él estaba a su espalda. Quizás comenzó a temblar su cabeza, sin control de ella misma, pero nadie que estuviera cerca lo hubiera podido adivinar. Sentía más que nunca que no pudiera detener el tiempo e, instintivamente, cerró muy fuerte los ojos y, de alguna manera, también los puños llenos de sudor. La voz llegó desde muy cerca.
-¿Leíste lo que te di ayer? ¿Qué has pensado sobre tú y yo?
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| Alejandro Serrano fotógrafo. |

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