Cuento onírico.

Él sólo despertaba para desear dormir de nuevo. «Contrariamente a lo que todos piensan, dormir es vivir más que morir. La muerte no es un sueño», decía debajo de la regadera.
Carlos sabía que las cosas no iban bien. Y no es que tuviera señales claras de lo que le  estaba pasando, el problema estaba en que todo lo que tenía era nada. Carlos se dio cuenta de ello uno de esos días lluviosos de primavera,después de la tormenta,  en el que había un pequeño pájaro muerto en la acera. Pero los autos seguían como un río incesante, las personas caminaban sintiendo el  frío después de la lluvia, una chica púber reía a carcajadas y una mujer hermosa parecía seguir a un indigente. Carlos se dio cuenta de que bien podía ser como aquel pequeño y quedar sobre la acera, sin vida, y el mundo iba a seguir sobre el tiempo.
Por eso es que soñaba, porque el sueño es una vida sin tiempo.
Todos los sueños estaba con ella. Al principio sólo era una silueta que se movía en el espacio, como si fuera el inicio de los tiempos bíblico. Pero, tras las noches, las manos poseían las marcas de una vida, aparecía el brillo en la mirada, el cuerpo de ella cobraba peso. De alguna manera, él sabía que no era el creador de ella, que antes existía en él y era un esfuerzo de reminiscencia.
Los días eran muy parecidos entre sí. Sus padres se extrañaban de la actitud de su hijo, el cual cenaba lo más rápido posible para ir a dormir, los fines de semana estaba en cama hasta medio día y cada vez sonreía menos con las personas como lo hiciera antaño.
A veces estaban en la calle sobre la que corría en su otra vida para llegar a tiempo a clase, otras en el pozo de un pueblo lejano en el que un día pidió un deseo y otras sobre el puente en el que escribió el nombre de ella; y después supo que un amigo había intentado suicidarse sobre el mismo. Fue después de ese sueño que por fin tuvo un nombre ella, pero sólo lo podía pronunciar en sueños. A veces ella estaba esperándolo bajo un ciprés, con miles de hojas secas bajo sus cuerpos,  y lo besaba muy fuerte en los labios; otras veces parecía que bailaban flotando en su atmósfera muy despacio, una danza en la que eran el viento y la tierra, y cada uno de ellos mismos.
La última vez que pude oír un sueño de Carlos lo encontré especialmente feliz. Me relató minuciosamente cómo había llegado ella y le había propuesto estar juntos por siempre. Caminaron sobre dunas desérticas hasta que llegaron al lugar más apropiado del universo para ver las estrellas. Despertando dentro del sueño, jugaron con las florecillas que los rodeaba y cantaron las canciones que les había enseñado la noche.
El psicólogo diagnosticó un tipo de depresión e hizo varias recomendaciones a sus padres. Carlos le hablaba de Jean Cocteau, y sobre comida. El psicólogo aparentaba avanzar en el diagnóstico,sólo llegando a la conclusión de que no acompletaría para pagar la hipoteca.
Hubo un día en el que Carlos ya no despertó, me parece que fue jueves. Los médicos saben y van divulgando que está dormido, profundamente dormido.
Carlos aún está en su casa. Varias veces al día habla, hace gestos y se mueve sobre su cama. Su madre dejó de trabajar y cuida de él todo el tiempo. Poco tiempo después de que cayó en la enfermedad el sueño llegó una chica que pidió verlo. Susurraba y sollozaba al mismo tiempo y, no sé muy bien porqué, a mí me pareció que ella era la chica de sus sueños.

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