Corto

-Uno no se muere de amor, se muere de desamor. Carlos lo pensó y se dio cuenta de que era completamente cierto, pero no debía ceder.
-¡Claro que no! Eso sólo le pasa al joven Werther y a Marianela.
Carlos abandonó el lugar.
Ella llevaba semanas sin dormir. No le importaba mucho eso. Ella no lo sabía, pero habían muy pocas cosas que le importaran y por eso era afortunada. Se sentía la humedad fría en el viento de las noches lluviosas de primavera, noches que anunciaban el verano y gotas que se rompían contra la tierra de la misma forma que lo habían hecho en tiempo remotos. Le gustaba imaginar que  estuvo escuchando la misma lluvia detrás de la bruma de los siglos. Porque sabía que era una mentira que habíamos cambiado y que en otro lugar había otra chica con insomnio, muy pocas ganas de levantarse de la cama y muchas ganas de llorar.
Angélica se tenía caminando hacia atrás. Primero era el recuerdo de la tarde . Sentía las hojas crujir bajo sus pies para distraer su caminar, quería regresar y decirle que sentía mucho que todo esto estuviera pasando, pero todos tenemos vidas separadas y eso de ser uno mismo no se podía en la realidad. Antes habían estado hablando sobre el clima, la imposición de las semillas transgénicas y la falta de compromiso como ciudadanos. Todo lo había originado llegar a la falta de compromiso. Antes bromeaban sobre mil cosas que iban y venían casi al mismo tiempo; referencias que eran graciosas porque sólo ellos las sabían, y  que alegraban por la exposición de una intimidad común de aquella forma ilógica.
Angélica había ocupado toda la mañana en verse guapa. Había observado tanto tiempo el espejo que llegó un momento en que no era ella el reflejo. Cuando tenía que marcharse para no llegar demasiado tarde aún estaba insatisfecha con su aspecto. Ella no sabía que él se enamoraría tan sólo con verla llegar. No podía darse cuenta porque estaba pensando que la noche anterior había llovido y no había podido dormir por los nervios de estar con él.
La noche anterior había estado escribiendo hasta muy tarde. Escribía sobre una princesa de tiempos y lugares remotos. La princesa soñaba con poder levantarse de su cama y caminar de la mano con su amado, pero no podía. Por eso es que la princesa pintaba. Plasmaba su alma coloreándola de rosa mexicano y diversas tonalidades de azules.
De esta manera fue que retrocedía cuarenta noches en aquella lluvia de primavera. Le impresionaron sus recuerdos, porque la llevaban de la mano después de levantarla de la cama. Sus recuerdo la llevaban hasta el agua de la fontana y una moneda que ella hubiera pintado de rosa mexicano mientras surcaba el aire. Ese fue el último recuerdo de Angélica, antes de que todas las luces se apagaran.

***
Al final del cortometraje la chica lloraba. Yo la miraba de reojo desde que había llegado y de vez en cuando en medio de la obscuridad.Lo tomé como una buena experiencia de catarsis y no la observé más hasta que terminaran todos los cortometrajes de la función. Al finalizar hubo una especie de brindis y yo estaba recibiendo felicitaciones, bebidas y apretones de manos de personas que no habían sentido más que tedio. La vi cuando se acercó a el actor que interpretaba a Carlos y él me señaló. 
-¿Por qué iba la historia hacia atrás?Quiero decir, buena idea la de recordar todo el tiempo que había estado enamorada.
Sonreí ante su comentario ante mi incapacidad para hablar frente a estos casos de interés genuino. Después exclamé de la nada:
-Era Anita Ekberg esperando a un Marcello que llegaría 40 días después.-Seguía con la sonrisa estúpida en mi rostro y comprendí que tenía que dejar de fingir frente a ella.-La vi llorando.
-Si. Es que… Ella no podía. Pero nosotros estábamos afuera y nos dimos cuenta de los hermoso que era todo eso. Quizás si lo recuerda una segunda, pero mucho tiempo en el futuro, se dará cuenta de lo hermoso que es.

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