Recuerdo cómo te veía un par de veces, de abajo hacia arriba, sin que te dieras cuenta, siempre que llegabas conmigo. Me gustaba pensar que un día ibas a detenerte después de despedirte y me ibas a extender la mano. También recuerdo que nunca te rasurabas del todo bien y te desanimaba cuando hacía saber que tu barba me raspaba, sin pensar que más bien era una invitación.
Así que, me dejé de importar a mí misma para mi mundo. No es buena la transgresión de esos equilibrios.
Recuerdo cómo ensayaba las miradas en el espejo. Después de colocar el maquillaje más natural posible, para que las demás no me vieran como a una zorra. Practicaba esas miradas que intentan ser como banderillas en la corrida. Sintiendo el miedo y la fascinación.
Nunca te dije que si me tenía tu suéter o tu chamarra abrazaba la prenda como si fueras tú. Nunca te dije que subía a ver la luna e imaginaba que la veías al mismo tiempo. Ya lo sabías: ¡Soy una ridícula! Y nunca sabrás que tienes una canción, no muy desesperada, de hecho.»
Después la chica callaba durante veinte minutos, como contemplando sin pensar. Ya don Pedro (el velador de la propiedad contigua) la había visto pasar otras noches. El viejo había estado buscando pero no había encontrado por donde entraba. era tarde cuando llegaba y no era difícil perder su rastro de violetas y rosas. Además, todas las noches llevaba un vestido blanco ceñido al cuerpo y una chamarra de cuero sobre la que se perdía su negro cabello. Caminaba con precaución, pero no temerosa hasta llegar al lugar. Llegaba hasta una ventana de la antigua mansión y comenzaba a hablar. Todas las noches eran exactamente las mismas palabras.
Don Pedro inclinó la mirada con ternura y tristeza cuando pudo oír lo que la joven decía, y cada noche se entristecía de nuevo. Por eso fingió que no se daba cuenta de que la chica pasaba todas las noches una hora a hablar a una ventana de la gran mansión. Pensaba en el consuelo y que él también hablaba con su mujer todos los días 20 que cruzaba el Panteón Jardín. Pesaba: «Todos necesitamos esa especie de consuelo, ¡Qué sería de mi sin poder hablarle a una tumba!». Por eso mismo nunca le habló a la chica, ni le dijo que aquella mansión llevaba ya muchos años abandonada.

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