María.

-Cuando desperté el ángel ya no estaba ahí. Porque hablando y soñando se nos pasa la vida, y sí que hacemos cosas pero no nos damos mucha cuenta y nunca serán tan grandes como nuestros sueños y nuestras palabras. Una mujer de grandes palabras hablaba de que la grandeza de el homérico Aquiles residía en que sus palabras eran como sus proezas, por eso hace berrinche casi todo el poema.
Pero hay momentos en la vida que más nos valdría no vivirlos sin saber de anticipado que van a pasar. Y es que más valdría porque no estamos preparados para capturarlos con todos nuestros sentidos y al final decir: «aquello fue verdaderamente mío».
No la quiero aburrir señorita, el hecho es que esas lágrimas son necesarias, pero al final se dará cuenta de que no vale la pena más.
-Muchas gracias señora. María sonríe directo a la mirada de la anciana.
-Yo también lloré por amor. Me refiero a el amor que se tiene a otros y el amor que nos tenemos a nosotras mismas. «Como me ves te verás», me decía mi abuela cuando caminaba demasiado rápido para que fuera a mi paso o cuando ella encontraba en lo profundo de mis actitudes algún desprecio por su vejez. No puedo decir que ahora la entiendo pero me gustaría decir ¡qué bonitas eran las palabras antes!
María comenzó a extrañarse de aquella mujer. Parecía cualquier pensionada a la que se le iban las horas en cuidar a sus mascotas y hacer «las cosas que siempre quiso hacer». Pero todo cambiaba cuando abría la boca y hablaba. Los ademanes de aquella mujer casi centenaria se volvían exagerados y sus ojos buscaban constantemente la mirada de la chica. Al principio tuvo una sensación de ternura cuando la mujer se acercó a consolarla, pero ya no. Se levantó de la banqueta e intentó despedirse sin poder hacerlo porque la anciana seguía hablando cada vez más rápido y cada vez más fuerte. A María le extrañaba que nadie a su alrededor se percatara de aquella mujer al borde de un colapso nervioso, y sólo pareció importarle a la mujer de la fondita de junto, a los corredores del parque que estaba enfrente, al policía de tránsito que comía una torta de tamal en la esquina, a un taxista que dormitaba dentro de su vehículo y a la anciana misma, cuando María gritó lo más fuerte que pudo: ¡Ya!
Los rostros voltearon como movidos por un mecanismo que les brindaba un movimiento exactamente sincronizado.
 Lo siguiente fue un silencio desértico, las manos temblorosas y la cara colorada de María. Vio a la vieja que permanecía en silencio pero como si no la conociera ni pudiera generar expresión alguna. María sentía que pasaban siglos en aquel instante y buscaba cualquier razón con la cual excusarse. De repente llegó a su cerebro y se trasladó a su lengua como un relámpago.
-Señora, ¿por qué comenzó con aquello de «Cuando desperté el ángel ya no estaba allí»?
La señora comenzó, muy despacio, a hablar de nuevo con la fatalidad de la locomotora que tiene que cobrar cada vez mayor velocidad.
-Niña, quiero que primero tú me contestes algo, ¿por qué estabas llorando?
El rostro de María enrojeció de nuevo y sólo se pudo escuchar de ella su respiración. Con todo el alboroto había olvidado lo que la tenía triste, pero tras la pregunta lo recordó de nuevo y no quiso hablar más. Bajó su cabeza y comenzó a alejarse poco a poco con el cuerpo flojo; porque no iba a decir que no tenía dinero para comprarle un regalo a su padre.
-Se trata de mi nieto, ¡él se llamaba Ángel!
 Alcanzó a gritar la anciana cuando María doblaba la esquina y el policía olvidaba su desayuno por ver los jeans muy ajustados de la chica.

«Hermanas» De Eduardo Kingman.

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