And death shall have no dominion…
Dylan Thomas.
Puedo ver el cielo estrellado como invitándome al infinito, a contemplarlo para siempre. El frío me hace temblar y a veces la angustia llega a mi pecho porque mis manos no me obedecen, siguen temblando.
Imagino a lo lejos a las mariposas, estáticas en su santuario; una mariposa no vive lo suficiente para estar en dos santuarios, y también nuestra vida debe ser demasiado corta.
Camino sin sentido, pero con un orden que va y viene pendularmente a lo largo de la cabaña. Ya la noche me muestra sus sonidos. No recuerdo, del todo, la razón por la que vine aquí. Sólo los objetos a mi alrededor pueden darme una pista de la historia que me precede, si es que hay una. Una cama, víveres que no me dicen mucho pues los miro como parte del paisaje y, al mismo tiempo, como si fuera la primera vez que los veo.
El frío sube por mis huesos. Tomo la silla torpemente formada y, como si temiera de ella, me acerco para usarla. No sé porque, pero me parece una gran coincidencia que haya luna llena. Una voz llena mi cabeza y repite lo mismo una y otra vez. “Tú eres como una nube. Una que se eleva rasgada por el viento al atardecer. Esperando la noche más obscura, una noche de luna llena.»
Caen hojas y castañas con el viento. Me encuentro deseoso en este mundo hostil y frío. Puedo ver lo obscuro y el azul del cielo a lo lejos, muy a lo lejos. El aire tiene sabores que me confunden. Puedo oír cada una de las pisadas del bosque. Pero el revólver no cuenta. A primera vista, un revólver en la mesa parecería una pista contundente y no es de esa manera. Pienso más en las hormigas que bajan por la orilla de la cama en una columna infinita.
«Hoy escribo para que me salga espuma. No escribo como Mauricio, porque no importa que me llamase Mauricio, Ozu o Frederick, de cualquier manera traería esta piedra en el alma.
Y es que ustedes no saben (es mejor que no lo sepan) lo que viene con esto. Me gustaría ser como ellos: que pueden meterse al río y ser uno con el agua, que pueden mimetizarse en el humo, que pueden amar sin pensarlo… sin recordar.
Pero no puedo. Mi cerebro (quisiera pensar que mi alma) está contaminado con la locura de el detalle. No puedo acostarme sobre la hierba y sentir en mi cabello el viento sin encontrar las formas entre las hojas, sin ver las estrellas de día, sin complementar el momento idílico.
Hoy escribo para ver si me encuentro o un poco más me pierdo. Y casi sonrío ante la imposibilidad de que pueda ser infinito mi desconsuelo».
Creo que es este tiempo tan largo mis sentidos se han aguzado. Las antenas de las hormigas sirven como nuestra nariz, y el viento lleva el agrio perfume que avisa sobre comida. Me parece larguísima la hilera que avanza en la obscuridad, hasta el roble viejo que me observa por la ventana. Solo como sólo un hombre o un árbol puede serlo.Hay otra señal del mismo olor agrio. Tomo mi camisa y limpio mi oído. Huelo. Se bosqueja una muy lenta sonrisa al darme cuenta que quizás mi cerebro sea el nuevo alimento.
 |
| Demencia de Isabel de Portugal- Pelegrín Clavé. |
Deja un comentario