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| Estudiante muerto. Alejandro Obregón |
Toco tu cuerpo y vuelvo a vivir.
Toco tu cuerpo con pies cansados
sangrando en el agua pura de tus
pensamientos hacia el obscuro mar.
Toco tu cuerpo y dejo de ser yo:
el mar supera mi propio ser
y en su fluir es que soy un tiempo.
Ya no toco el mar, creo serlo yo.
Toco el olor de tu lento latir:
es tu sangre de la tierra el fuego
y de ella observo mi frío dolor.
Toco tu sangre yendo hacia el mar.
Toco el destino que te ronda
desde el silencio de tu río.
Toco el destino que me toma
y llega a escribirte esta canción.
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Desde lo obscuro de tu sombra veo
recogiendo tus bostezos y sopor,
eres el crucifijo en el que creo
y de voces divinas, dulce clamor.
Quizás seas Tiresias desde el dolor
de sólo ver lo bello y lo feo;
añorando ser por lo menos rencor
hoy pido la maldición de Proteo.
De tus manos de Heracles el buen sabor
que fuera lo único que poseo,
quisiera hoy. Pero es el alma inferior
la que en la lontananza del paseo
me vedó de tu mirada, el resplandor.
Desde lo obscuro tu desprecio hoy veo.
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La vida me pasa tarde:
en cuanto el triste silencio
de sueños desmañanados
es mi cruz dentro del cuerpo.
Dolor de mañanas célibes.
Y con los ojos te pienso
en dulce suspenso pánico
de la ausencia en que te quiero.
Sobre el humo de mi hartazgo
y ama de la vida el tedio
pues no amar la dulce nada
sólo te abisma en mi miedo.
La vida me pasa tarde
(para el bardo es sólo sueño).
Aquí siempre es el ocaso,
de la noche nace el miedo.

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