Olor a tierra mojada, y el cielo aún dormita en su obscuridad. Me sacudo la peste de cuerpos todavía impregnados de sueño. Sabes que ayer llovió y en la tarde el sol quemará nuestras frentes como aquella primera vez en que conocimos las olas y la inmensidad. El viento persigue a los autos impacientes por llegar y los humanos de la suciedad se refugian, como las ratas, en el subterráneo que les ofrece el calor de estar más cerca del centro de la tierra. La noche agoniza en las miradas de humanos que maldicen esta ciudad.
una vez me enseñaron que el tiempo es que las cosas se muevan o cambien: como ejemplo tenemos manecillas dentro de círculos benditos; como ejemplo tenemos dígitos que destrozan constantemente la calma. Los pies devoran el camino porque es necesario para llegar a ser. Humanos que desde pequeños no saben porqué se levantan cada mañana para emprender la carrera. Nos han explicado que la carrera es lo que nos da una existencia: por ejemplo, el futuro está en llegar a ese lugar que te va a convertir en alguien. Son nuestras esperanzas marchitas que han echado raíces profundas en el alma. Y nos dan vida.
Olor a flores benignas que viene con el viento del alba. Observo a lo lejos un bulto amorfo que se mueve en la orilla de la acera. Devoro el camino como todos los que me rodean, tengo que llegar a mi futuro que me va a permitir ser. Alimentado con sueños lánguidos corriendo en el recuerdo y castillos que nunca se llegarán a construir: ¿cómo sería si le dijera? ¿cómo cambiaría mi vida al dar aquel paso? ¿cómo hubiera sido? Pero el día aún no asciende.
El bulto se mueve en la orilla de la acera y me percato de que está formado por diferentes texturas: mucho de este bulto es cabello, pero también se puede distinguir algodón y algo de mezclilla en la parte baja. Es un bulto que gime y, conforme me voy acercando, toma la forma de una mujer.
Me parece un ser extraño. Las otras chicas corren y no se percatan de las faldas que suben empujadas por una mochila protectora de el salvajismo masculino. Son fantasmas divinos al alba que desaparecerán entre las tinieblas de los edificios que las tragan dentro de unos instantes, y lo desean. Desean ser alguien como sus amigos lo fueron antes que ellas. Desean no ser sus madres y sus abuelas en la inmovilidad de la mecedora o en la vida sin descanso con una cría entre los brazos. Quizás sus deseos se hagan realidad entre los codazos para entrar al tren en el que se nos va la vida, sólo de esperar. Quizás mueran frente a un espejo, pensando durante años que estaban observando un viejo daguerrotipo de las mujeres que las precedieron: de sus madres y sus abuelas.
Por eso ella no es una mujer; ella es la chica que huele a flores. Se inclina sobre sí misma y abraza sus piernas para entorpecer al tiempo. Se mueve diferente, es un bulto amorfo que se arrebuja y gotas de agua caen al piso, a pesar de que llovió ayer. La chica que huele a flores es una animal herido y oigo sus gemidos en el viento travieso. Los pies devoran a su lado y ella se ve más frágil, torpe y lenta. Dos personas se abrazan: una mujer toma todos los recuerdos contenidos en aquel rostro que no quiere cambiar. Será como cuando se empozan todas las añoranzas en el alma… yo no sé.
Por un momento dudo. Quizás como dudé de hablar con aquella persona, de nadar hasta el otro confín del mundo, de salir un día para volver a mi casa hasta que fuera digno, como dudo cada día el seguir durmiendo hasta lo que llamamos vida sea el verdadero sueño.
Pero no puedo. Al final, no vale la pena sentarme en la banqueta, tomar su cabello y, quizás, llorar con ella, por un futuro en el que por fin voy a ser alguien, en el que por fin voy a ser feliz como se nos hubo prometido. Sólo hay que hacer lo que tenemos que hacer y, quizás, el bulto amorfo sobreviva a otro día. El cielo aún dormita en su obscuridad.
una vez me enseñaron que el tiempo es que las cosas se muevan o cambien: como ejemplo tenemos manecillas dentro de círculos benditos; como ejemplo tenemos dígitos que destrozan constantemente la calma. Los pies devoran el camino porque es necesario para llegar a ser. Humanos que desde pequeños no saben porqué se levantan cada mañana para emprender la carrera. Nos han explicado que la carrera es lo que nos da una existencia: por ejemplo, el futuro está en llegar a ese lugar que te va a convertir en alguien. Son nuestras esperanzas marchitas que han echado raíces profundas en el alma. Y nos dan vida.
Olor a flores benignas que viene con el viento del alba. Observo a lo lejos un bulto amorfo que se mueve en la orilla de la acera. Devoro el camino como todos los que me rodean, tengo que llegar a mi futuro que me va a permitir ser. Alimentado con sueños lánguidos corriendo en el recuerdo y castillos que nunca se llegarán a construir: ¿cómo sería si le dijera? ¿cómo cambiaría mi vida al dar aquel paso? ¿cómo hubiera sido? Pero el día aún no asciende.
El bulto se mueve en la orilla de la acera y me percato de que está formado por diferentes texturas: mucho de este bulto es cabello, pero también se puede distinguir algodón y algo de mezclilla en la parte baja. Es un bulto que gime y, conforme me voy acercando, toma la forma de una mujer.
Me parece un ser extraño. Las otras chicas corren y no se percatan de las faldas que suben empujadas por una mochila protectora de el salvajismo masculino. Son fantasmas divinos al alba que desaparecerán entre las tinieblas de los edificios que las tragan dentro de unos instantes, y lo desean. Desean ser alguien como sus amigos lo fueron antes que ellas. Desean no ser sus madres y sus abuelas en la inmovilidad de la mecedora o en la vida sin descanso con una cría entre los brazos. Quizás sus deseos se hagan realidad entre los codazos para entrar al tren en el que se nos va la vida, sólo de esperar. Quizás mueran frente a un espejo, pensando durante años que estaban observando un viejo daguerrotipo de las mujeres que las precedieron: de sus madres y sus abuelas.
Por eso ella no es una mujer; ella es la chica que huele a flores. Se inclina sobre sí misma y abraza sus piernas para entorpecer al tiempo. Se mueve diferente, es un bulto amorfo que se arrebuja y gotas de agua caen al piso, a pesar de que llovió ayer. La chica que huele a flores es una animal herido y oigo sus gemidos en el viento travieso. Los pies devoran a su lado y ella se ve más frágil, torpe y lenta. Dos personas se abrazan: una mujer toma todos los recuerdos contenidos en aquel rostro que no quiere cambiar. Será como cuando se empozan todas las añoranzas en el alma… yo no sé.
Por un momento dudo. Quizás como dudé de hablar con aquella persona, de nadar hasta el otro confín del mundo, de salir un día para volver a mi casa hasta que fuera digno, como dudo cada día el seguir durmiendo hasta lo que llamamos vida sea el verdadero sueño.
Pero no puedo. Al final, no vale la pena sentarme en la banqueta, tomar su cabello y, quizás, llorar con ella, por un futuro en el que por fin voy a ser alguien, en el que por fin voy a ser feliz como se nos hubo prometido. Sólo hay que hacer lo que tenemos que hacer y, quizás, el bulto amorfo sobreviva a otro día. El cielo aún dormita en su obscuridad.

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