Sputnik

Cuando llego a nuestra vista tú ya estás ahí. Te veo desde lejos, la silueta de tu cuerpo recortada por el cielo, el vuelo de tu cabello que revive con el viento. Entonces recuerdo la imposibilidad de esta experiencia. Sin embargo estás ahí, sentada al atardecer como tantas veces me esperaste sin la menor certeza de que iba a llegar. Y un día llegué para tomarte por los hombros y acercarme muy despacio al olor de tu cabello. Ese día decidí salir del miedo en el que había estado tanto tiempo y corrí no sé cuánto tiempo para alcanzar tu silueta al atardecer.
Te veo desde lejos sentada sobre el atardecer como un ánima al viento. Me acerco furtivamente, caminando siempre con dirección a tu espalda con la intención de que no me oigas. Tú siempre me esperabas con las esperanza oculta de que llegaría pronto y nos sorprendíamos como la primera vez. También, una tarde de tantas, me sorprendió tu llanto. Me hablabas de tu madre y de tus hermanos, esgrimías hábiles argumentos en contra de lo que te estaba ocurriendo y nos soñabas en un mundo propio de nosotros.
Te cubro los ojos y espero la respuesta de tu cuerpo. Te estremeces al contacto y comienzas a dudar, con la enorme certeza de que siempre iba a llegar. De pronto sonríes. Yo estoy a tus espaldas pero sé que sonríes un momento antes de decir mi nombre muy despacio. Sigo sin ceder, pensando que puedas dudar, pero te mantienes en la insistencia de que se trata de mi altura, el olor de mi cuerpo, el tacto de mis manos, las que tantas veces se han entrelazado con las tuyas. Como otra tarde me besas las manos y me siento al lado tuyo. También la otra tarde me hablaste de tus visitas con la mujer que te escuchaba hablar desde pequeña; que soñabas verte en el espejo mientras aquella imagen se convertía en tu madre, después en tu abuela. Ya nunca volvías a ser tú.
Te miro de cerca y nos tomamos con las palabras. Me tomas del brazo como tantas tardes y miramos las miríadas de casas pobres que viven bajo nuestros cuerpos. Se extienden por las superficies abruptas y, muy a lo lejos, están los edificios lujosos, erguidos,  sobre ellas. Edificios de aquel lugar en el que te tomé de la mano por primera vez. Teníamos sólo 14 años. Hoy ya estoy viejo y te observo como entonces. Te siento latir a mi lado mientras el viento nos besa las mejillas. Escuchamos el ir y venir de los autos a nuestras espaldas.
Somos sólo dos personas sentadas en la orilla de una barranca. Justo debajo de nosotros están las fábricas en las que han trabajado nuestros amigos y vecinos con la esperanza de llegar a otro fin de semana y olvidar. Nos han convertido expertos en el arte del olvido. Por eso he venido esta tarde, como tantas en las que me esperabas, a estar contigo sentado en la orilla de la barranca. La basura está al lado de nosotros. Botellas de refresco, bolsas y envolturas que siempre llegan, cada día más, a perecer sus días en la barranca. Y a nosotros no nos importa porque todas estas tardes hemos venido a escapar de nuestra vida. Hace 14 años escapabas de la tarde en la que llegaste a tu casa después de lo habitual y tu madre había tenido un mal día. Hace un poco menos de 14 años escapé de la tarde en la que llegué y no encontré a nadie al abrir la puerta. Por teléfono (desde entonces no puedo usarlo mucho tiempo) mis padres me hablaron de tiempos en los que es mejor que las personas se separen, antes que estar sufriendo, antes de amargarse la vida uno al otro.
Adentro mi mano en tu cabello y la voy deslizando en un ritmo que sólo ambos conocemos. Es una tarde como tantas en la que mi mano alcanza tu lóbulo derecho y lo acaricia con suavidad, baja por tu cuello, tu hombro y termina en tu cintura. Es posible que escuchemos algún chiflido detrás de nuestras espaldas como la tarde en la que nos encontraron tus hermanos. Yo no regresé del hospital en más de una semana, pero nunca les guardé rencor del todo, creo que yo hubiera hecho lo mismo. Entonces nos dejamos de ver por primera vez. Me dijiste que no podías seguir con esto, aunque no dependía de ti y comenzabas a llorar de nuevo. Hicimos miles de planes en las incontables tardes.
Mi mano en tu cintura ejerce una presión que va aumentando de a poco entonces te acerco a mi cuerpo. Pienso que podría estar así para siempre. Pero el “para siempre” no existe y termina pudriendo los momentos de la vida. Con el tiempo nos vamos descomponiendo y perdemos la percepción de lo que antes nos hacía gozar. Yo llegué a una edad en la que me dije a mí mismo que estaba demasiado ocupado para sentarme en una barranca a esperar el amor de mi vida. Después creí olvidarte. Hasta que un atardecer de otoño de nuevo me llamó una voz y me hablaba del paso del tiempo, la gente vive pero algún día tiene que morir; la vida se nos escurre entre las manos y ella era tan buena como la más santa de las santas; mis más sentidas condolencias, mi más sincero pésame. Fue otra tarde en la que la persona que no iba a detener su vida para esperarme (pero me había jurado amor eterno así) desapareció con la justificación de que siempre me iba a querer. Fueron tardes y noches en las que no sabía dónde estaba ni lo que pretendía hacer. Fueron mañanas muertas (como miles de flores marchitas) en las cuales me levantaba de la cama sin objetivo por realizar, sin pensamientos que no me llevaran a estar triste y destrozarme de nuevo como la noche anterior. Me impresionó tantas veces el sadismo de la gente, se ofrecían para destrozarme y les encantaba seguir; seguirme a mí sobre las vías del tren, bajo los puentes en los que dormíamos hasta la madrugada en la que un vendedor o un policía se esforzaba por rompernos la cabeza.
Te veo de cerca en un abrazo que quisiera que fuera eterno pero no puede ser. Me asombra verte después de tantos años. No se supone que aún estés viva. Dicen que te elevaste al cielo y de nuevo estoy aquí. 

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