Algo no terminé de escribir.

Llegarán los días, tu mirada sin luz,
el cruel estallido de tu pecho y la
agonía crepuscular de tu voz.
Llegará el día de ti contigo, sola.

Y se irán las luces de tus oídos.
Serás olvidada y no serás con el ser.
Se irán los días de ver lo vivido:
gota del océano, solo otra mujer.

Solo permanece este beso en la cruz
que no perdona. Me encuentro en la fila
con los tristes sentenciados a la vida.

Son las tardes grises que poco se estiran
en mi rostro magullado con las bridas;
son de

Problemas para escribir.

Día 41.
Todavía me encuentro en esta habitación. No puedo creer que he dedicado tanto tiempo a crear fantasías.
Afuera hay un hombre muerto. Pude ver desde la ventana cómo iba tambaleándose y la forma en la que encaró a los asaltantes y se fue desangrando poco a poco durante varias horas.
Pensaba que es un cliché esto de ir a un lugar muy lejano para encontrarse. Parte del cliché, la parte romántica, se trata de escapar a un lugar exótico. Precisamente recordaba que Klee se había ido a Túnez en los tiempos de la guerra, yo no quise quedarme atrás y me vine a este mundo de árabe y francés, sin poder hablar árabe ni francés.
Aún no me acostumbro a la vida del desierto. Encontrar una mirada hermosa antes de la poca vida del desierto es la experiencia más cercana que he tenido de lo que Kant llamaba «sublime».
Lo único que tengo en claro es que no vine a escribir. Si estuviera enamorado sería uno de los mejores momentos de mi vida, pero no para escribir. Todas las noches en las que me encuentro frente a la ventana y puedo escuchar la noche recuerdo aquel poema en el que sólo le salia espuma a Vallejo. El siguiente paso es suspirar y seguir oyendo la noche, mientras el papel queda inmaculado. ¿Cómo poder escribir sobre los niños que se peleaban por recibir una moneda mía? ¿Cómo escribir sobre la mujer que tomaba a su hijo y saltaba al vacío para no morir de hambre? ¿Cómo escribir sobre el niño que lloraba por bienes materiales a sus 30 años? Esas cosas sólo hacen nudos en la cabeza.
Por eso es que sólo fumo y me enamoro de fantasmas que vagan sólo por las noches. En esta ciudad nadie me conoce y el mundo es un sitio lejano en el que quedaron los hombres. Al día presente no me encuentro rodeado de hombres, son espíritus que apenas tienen cuerpo y flotan cinco veces al día tras el canto del muecín.
Parece que el hombre se mueve. Me he equivocado de nuevo y no ha muerto. Pero ¿cómo le podría ayudar? La diferencia entre ellos y yo es que ellos si tienen un destino.

Sólo es la primavera.

Dentro de aquella semana, Ana había recordado todos los días: «se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota.» Y todas las veces sonreía un poco, sacudía la cabeza como para tirar los pensamientos y seguía con su vida.
«Es la primavera, que hace a la gente actuar diferente.» Enarbolaba esta frase cada que su amiga le pedía sutilmente que le hablara de lo que estaba pasando.Y la verdad es que le costaba un par de argumentos de más y hechos científicos sobre la gente que vive en los polos, para convencer a Sofía de que esas cosas pasan de vez en cuando. Pero Ana tenía la certeza de que no estaba pasando nada nuevo, que el día nublado era lo que la hacía llorar.
Toda esa semana no pudo dormir pensando en un millón de historias en sitios reales, con personas reales, con sentimientos reales. No pudo dormir porque no necesitaba el sueño, siendo que ella misma lo estaba creando. Pero tampoco quería levantarse porque el ensueño era más real que la verdad bajando de la cama.
«Es que me siento enferma», le decía a su mamá con la máscara más patética que podía mostrar sobre su bello rostro. Pasaba unos minutos recordando qué le podría haber hecho daño y se tomaba unas pastillas que no le quitaban los suspiros que la atacaban de vez en cuando.
Fue el domingo el día en el que lo encontró. Le pareció que era muy poco tiempo el que no lo había visto, incluso pudo haber jurado que le daba los buenos días aquella mañana. Tocó sus manos y ambos pares estaban fríos al medio día de primavera. Lo observó y se apresuró a encontrar los defectos que lo hicieran más desagradable, porque no podía caer. Lo demás fueron frases protocolarias y remordimiento de ocultar el encuentro a su mejor amiga.
«Es que se me juntaron muchas cosas que llevaba cargando. Pero ya estoy mejor», decía a través del teléfono con la firme intención de que no le creyera Sofía y fuera a ayudarla. Al final de la semana no podía moverse más y lo atribuía a su voluntad. La cara contra la almohada húmeda, escalofríos que hacían estremecer su cuerpo, un constante dolor de cabeza. Pero se había propuesto no ser una Marianela y estuvo toda la tarde murmurando: «Sólo es la primavera».

El Hombre Caracol.

Era uno de esos días lluviosos de primavera en la ciudad. Ana simplemente caminaba, tomando de nuevo la soltura de antaño, después de un tonto día de muchos trabajos. Eran pocas las gotas que caían del cielo, por eso no buscaba refugio, pero también porque necesitaba respirar aire del exterior y sentir cómo el viento arremetía contra ella de vez en cuando. Su cabello estuvo suelto en dos movimientos y le agradaba sentir el frío en las pantorrillas. Caminaba a través de una acera, muy cerca de los árboles imaginando todas las vidas que han pasado cerca de ellos.
Cuando Ana se dio cuanta del hombre hizo, casi instantáneamente la analogía. Se trataba de un hombre caracol: porque cargaba con su casa al hombro, porque iba lento debajo de la lluvia, porque era repulsivo para muchas personas, que al mismo tiempo sentían un poco de compasión. 
Ana, con su hermoso cabello suelto descansando en sus hombros, con su traje sastre y aquella mirada sonriente, comenzó a seguir al hombre caracol. Aminoró su paso y pensó que la lluvia era muy poca como para que caminara más rápido o más lento. Y los autos pasaban debajo de la acera con su sonidos sordos.
Ana, en toda su belleza caminando detrás de un hombre caracol al lado del los árboles. Un hombre caracol que olía a suciedad, olía a humanidad, olía a ciudad y a humedad. Ana con los tacones y la vestimenta que resaltaba su excelsa figura. Entre los dos se dibujaba un camino de gotitas rojas. Después de varios minutos se dio cuenta de que el Hombre Caracol estaba herido.
Ya no miraba con una sonrisa. Tardó mucho tiempo en darse cuenta, en explicarse lo que estaba sucediendo. «Por eso es está buscando ayuda y camina tan lento», fue lo que alcanzó a pensar. Se detuvo un momento y pensó en tomar el camión para llegar de una vez a su casa. Pero terminó siguiendo al Hombre Caracol cada vez más lejos. 
Por un momento perdió de vista al Hombre Caracol. Ya no podía caminar muy rápido porque sentía como una madeja de estambre en el esófago. A veces subía y a veces bajaba. 
Quizás fueron cien pasos al frente cuando, por fin, encontró al Hombre Caracol tirado en el suelo. Ana sabía que no tomaría su casa al hombro de nuevo. Levantó la vista.
Ana seguía caminando hacía su casa, bajo la lluvia que no era demasiada, tomando los embates de el viento de vez en cuando, sintiendo el frío en las pantorrillas y con su hermoso cabello reposando sobre sus hombros.

Carta #365

«-¿Sabéis quién es, porque una noche oscura
nos visteis juntos?-Pues.»
¡Quién supiera escribir!, Ramón de Campomayor.
Es irónico que las circunstancias que te impiden escribir sena las más necesarias de ser escritas. Porque me siento como el hombre que sonríe en medio de la destrucción es que no me sale espuma al escribir, como a César Vallejo en aquellos días.
La intención siempre ha estado presente. Aquella noche me preguntabas, y te preguntabas, sobre el porqué de estar allí. He encontrado una respuesta, y es que no importa mucho, lo que importa es que te conocí.
Nuestra mente, que nos juega muchas buenas bromas, muchas veces nos lleva a pensar que todo lo vivido lleva a un lugar. Es del modo que el teólogo Alejandro veía la encarnación de Cristo y una amiga veía el encuentro con su amado. Pero a mí me parece que no es así; y el hecho de que nuestro encuentro haya sido producto de un azar infinito, no de algún orden, es maravilloso.
Claro que te estoy escribiendo esto porque vas a cumplir años. Tengo miedo de que sea igual a la carta que le llegó a tu vecina. Y es que sé lo que decía pero sin las palabras. 
Ya te había advertido que estábamos en burbujas diferentes, muy cercanas pero diferentes. Por eso ya no me platicaste cómo estaban tus amigas, y los cambios que encontraste de vuelta a tu hogar y si él te sigue escribiendo mensajes.
Llegué diciendo que el separador estaba hecho de piel de colibrí. Y no sabes lo que significa que hayas matado un colibrí y que no me sintiera tan mal. Que muchas cosas se resuelvan de una manera tan inesperada es lo que nos hace creer en el destino: 
«Et plus tard un Ange entr´ouvrant les portes
viendra ranimer, fidèle et joyeux,
les mirois ternis et les flammes mortes.»
No era un delirio de Baudelaire, ahora sé que esas cosas pasan.

Improvisando #0

«Dijeron que la noche
de soledad estaba enferma
y que el viento 
le cantaba sonatas al oído.
Dijeron que la vida
yacía sobre la yerba,
y que nuestro amor
era Cristo fallecido.»
Sofía aguantó el sabor metálico hasta que terminó el verso. Ella sabía que algo, muy pequeño, había pasado.
Lo notó al pensar en su horrible actitud de el atardecer anterior. Porque lo importante es que no se puede detener al tiempo y quizás hoy sí crearía a su ser interior y no se dejaría moldear por el mundo.
Por eso fue que no peinó su cabello y tomó una liga para amarrarlo después. Pero permaneció largo rato frente al espejo. Quitaba y ponía el cabello en su cara, después fueron sonrisas y coqueteos que brillaban en el cristal azogado, terminó con una serie de gestos que iban desde lo extraño a lo cómico, y después más cómico.
Después de aquel largo monólogo, en el que buscaba una respuesta, se prometió a sí misma no pensar más en ello.
Para agregar a su tortura, era un día ideal, o al menos así lo parecía para Sofi. El sol llenaba los huequitos entre los árboles con una luz dorada, el viento soplaba quedito, como invitando a los ciudadanos a jugar. Detrás de las hojas verdes y flores de jacarandas, cantaban pajarillos que Sofía nunca supo nombrar. Fue como un reflejo levantar los brazos y llenar los pulmones hasta que dolieran, y trato de disimular su sonrisa aunque nadie la viera.
Ese día su profesor, con un corazón de pan viejo, le dijo que se veía más joven, aunque no era pretexto para no borrar su cretina sonrisa, haciéndola sonrojar. Ese día no tenía sueño, ni le dolía la cabeza, ni estaba aburrida, ni recordaba una sola de las palabras de sus profesores. Volvió a dibujar de nuevo y a poner notas a sus dibujos con letras de canciones. Realmente era un día inusual.
Nadie pudo quedarse con ella, tenían que llegar temprano o convencer a otras personas de cosas sin sentido. Sin querer, volvió a pensar en eso pues estaba de nuevo al atardecer, con el sol que llegaba hasta un púrpura en frontera con un azul desvaneciéndose. De pronto, sintió un frío que recorría muy despacio su espalda; un frío que la hizo erguirse. No volteó porque sabía que era aquella mirada, la de el atardecer anterior, que se posaba sobre ella. Tragó saliva al momento que intentaba contener a su corazón, latiendo cada vez más rápido. Podía escuchar, pero quizás lo imaginaba, la respiración tranquila que se acercaba a su espalda. 
Sofía estaba sentada en la parada de autobús al atardecer. El autobús pasó y Sofía no pudo subir. No podía mover un sólo músculo pues estaba petrificada, porque él estaba a su espalda. Quizás comenzó a temblar su cabeza, sin control de ella misma, pero nadie que estuviera cerca lo hubiera podido adivinar. Sentía más que nunca que no pudiera detener el tiempo e, instintivamente,  cerró muy fuerte los ojos y, de alguna manera, también los puños llenos de sudor. La voz llegó desde muy cerca.
-¿Leíste lo que te di ayer? ¿Qué has pensado sobre tú y yo?
Alejandro Serrano fotógrafo.

Carta #85

28 de junio
Buen día.
He recibido tu carta y me doy cuenta de las cosas que estás pasando. Me gusta utilicemos el servicio de correo como dos viejos, además que es el único medio que tú tienes.
Precisamente ayer estaba pensando en ti y la forma en la que nos conocimos. Aquel día que me lo preguntaste  no lo podía recordar porque estaba llena de ti en ese instante. Fue mi culpa que te molestaras, pero si no te hubieras molestado jamás hubiéramos llegado a ese lugar. Recuerdo que habíamos caminado toda la tarde, justo en el momento en el que deseaba ver cómo se ocultaba el sol comenzó a llover. Era de esas lluvias extrañas en las que no hay nubes pero está lloviendo. Nos fuimos a refugiar en una casa que parecía abandonada. Ya sé que todo esto ya lo sabes, lo repito porque quiero que sepas que yo también quedé muy impresionado cuando entramos a aquella casa de sólo un cuarto.
El día en el que nos conocimos no podía encontrar el sol en el cielo. Fue María la que nos presentó y por ningún motivo pensaría que ibas a ser tan importante en mi vida. ¿Cómo podría pensar que aquella chica tímida iba a ser todo lo que eres ahora?
Muchos días pasaron hasta que te volví a  ver y platicamos sobre muchas cosas. Desde ese momento conocía a la niñita que solías ser, desde ese momento compartía las frustraciones artísticas que te agobiaban, comenzaba a grabarse tu sonrisa en mi mente. Recuerdo la forma en la que peinabas tu cabello con mucha frecuencia y tus manos estaban en constante movimiento. Cuando cayó tu lápiz al suelo y, según mi conveniencia, lo recogí, mi miedo se fue. En un acceso de valor pude tomar tus manos que sudaban frío. 
Pero esta historia tú ya la sabes, aunque a veces tenga que ayudarte un poco para recordarla. No son para nada paralelos esos días; me refiero al día en el que te conocí y el último que estuve contigo. Pero no puedo evitar que se vengan ambos encima y me atosiguen todo el día, todos los días desde hace varios meses.
¡No sabes la falta que me haces! Yo no puedo ir a verte porque siento que caería en ese mismo instante. Yo no puedo ir y meterme en ese lugar con el peligro de poder quedarme allí. Pero, si quiero estar contigo ¿por qué temo quedarme en el mismo lugar? Quizás ya no quiera estar contigo. Quiero estar con la que me daba besitos de esquimal y tomaba mi largo cabello entre sus finos dedos, como cuando acariciaba el marfil para hacer música. 
 En fin, el propósito de esta carta era que supieras que aún estás en mi mente y que yo también quede muy impresionada. No es cualquier cosa lo que encontramos. Me refiero, estaba en un grado de desnutrición impresionante, el abandono de aquel hombre, la incapacidad para articular alguna palabra, su imbecilidad y salvajismo. 
Te cuento. Cuando encarcelaron a los padres de aquella criatura, ellos dijeron que lo tenían que esconder por haber sido castigo de Dios. Por eso empecé a creer en Dios, sobre todo en su ira.
Te pido que soportes, pronto estarás de nuevo conmigo. Los hombres de bata blanca nunca podrán separarnos porque somos más que ellos y su ciencia. Te pido que aguantes, sé que escuchas los gritos por la noche pero debes ofrecer todo esto a Dios.
Siempre tuya, Mariana. 
P.D. Es un soplo la vida. Recuerda el Génesis.

La carta.

Él tenía una carta por la cual recibiría amor cuando le faltara. Ella se había ido hace mucho tiempo con el mar. Sólo quedaba la carta, su vida y un gato que llegaba todas las tardes por la ventana y se acostaba en el regazo del hombre.
Fue precisamente cuando llegó a “…eres pura sensibilidad inteligente” que la idea lo tomó. Pasó el resto de la noche pensando cómo iba a regresar al mundo. Era preso del ensueño y observaba a los enamorados caminando por el malecón, bajo la luz de los faroles que algún día iluminaran su sonrisa.
Un par de horas antes del ocaso, cuando llegó con el señor Pedro no sabía qué decir. El viejo lobo de mar le saludó con un efusivo abrazo, le recriminó no dejarse ver y le invitó unas cervezas.
La plática fluyó mejor de lo esperado. Se hablaba sobre los tiempos en que eran jóvenes. Al final del año en el que el hombre llegó al puerto pasó lo del Gran Huracán. “Me trajiste buena suerte”, decía don Pedro con una sonrisa del siglo pasado, cuando le recordaba la pesca que habían hecho justo antes del huracán. El hombre había ganado confianza de nuevo. Tomó las riendas de la conversación con la inteligencia de 20 años atrás e iba conduciendo a don Pedro. Pasaron horas que parecían decenios en el rostro de los dos hombres, ¡habían comenzado tan jóvenes! Cuando, por fin, el señor Pedro le relato minuciosamente cómo hacía el nudo para dar fin a los que andaban en «la otra bola», el hombre sonrió francamente. El señor Pedro atribuyó su turbación a la vejez de su amigo y los faroles de luz blanca que acentuaban esta condición. “Es cierto, la otra luz era más cálida”, comentó el hombre antes de darle la mano y subir por las calles a la media noche.
Llegó a su habitación y susurró para sí mismo: “estoy seguro de que va a aguantar”. El gato lo esperaba en la única silla, recostado como una esfinge. Él decidió que aquella noche no leería la carta, como lo hacía desde hace tanto tiempo,  y trató de apartar su vista del buró en el que la guardaba, así mismo no mirar hacia el malecón. Fue, quizás, la noche más calurosa de su vida. Trabajó hasta el amanecer con la molestia de su piel pegajosa por el sudor. Después de esa noche nadie lo volvió a ver en el puerto.

Aquella mañana toda la gente que pasaba por el malecón se detenía frente al hotel “La Perlita”. La dueña, doña Perla, había entrado a quejarse por el ruido de toda la noche a la habitación del hombre. La mujer había visto demasiadas cosas en su vida, había vivido la pérdida de su hermosa hija, como para sorprenderse del todo. Sin embargo, no pudo evitar sentir una piedrita en el estómago cuando encontró una notita con “seré pura sensibilidad inteligente”. Volteó a su izquierda y vio, a través de la ventana,  a mucha gente frente a  su hotel. Ya no la sorprendió demasiado ver un gato que colgaba, ahorcado, de los barrotes de la ventana.

Un problema de imaginación.

Hoy desperté feliz. Y en un momento de difícil sinceridad conmigo mismo me dije que era, como toda mi vida, por mi imaginación. ¿Quién me iba a decir que dos días después sería importante? Pero este día lo fue. Por eso es que no viví como en un eterno letargo y mis pulmones se llenaron de aire mientras sonreía al cielo; por eso es que sorprendía a mis conversadores con un extraño buen ánimo.
Quizás la sorpresa sea que no fue de este modo el día anterior, ni el anterior, ni el anterior. 
Fernando Savater tiene nuevo libro y no lo voy a leer, porque me siento culpable de conocer lo que llaman «buena vida» de su letra y no de la Aristóteles. 
En los días de la anterioridad no vivía la buena vida sólo por problemas de imaginación. Puede resultar realmente importante la falta de imaginación en la vida de las personas. Muchos identifican la imaginación con la creatividad, aunque son cosas realmente diferentes. Para los artistas es problema la falta de creatividad, de imaginación, para todos. A lo que me refiero con falta de imaginación es sólo un adormecimiento de una capacidad de todas las personas, como cuando alguien maduro deja de creer en Cortázar o cuando el helado en la ropa comienza a ser un problema.
Quisiera explicarte de una mejor forma el porqué de mi felicidad, pero la hipocresía conmigo mismo no me deja. Dicen que lo que pasa es que si me abro me dañan, por eso la sinceridad sólo puede entrar con fuerza descomunal en medio de la obscuridad. 
Hoy desperté feliz y saludé a una chica con la cual no había cruzado palabra desde hace meses, canté invocando el espíritu de Freddie Mercury, ignoré la voz de mi jefa sin fingir una sonrisa y no pensé más en mi camisa manchada. Hoy supe lo que era la famosa «buena vida» y que viene de adentro, de la imaginación. 
Fue al medio día que me di cuenta de mi felicidad. Al notar esta novedad comencé a hacer planes acerca de lo que haría con este nuevo estado.Quizás podría conocer a personas que también eran felices sin enfadarme, tratar de tomar las hojas de los árboles en su caída o mirar el cielo como los ridículos poetas. Pensé que mi nuevo estado me ayudaría en mi vida laboral y que mi vida jamás volvería a la infelicidad.
Hoy desperté feliz. Pero ahora sé que mi vida será la misma de siempre mañana. Sólo despertó un poco mi imaginación. ¡Qué tonto al imaginar que me responderías satisfactoriamente! 
En medio de la obscuridad dejo de hablarte al vacío, recuesto mi cabeza sobre la almohada y espero otro día más.

Puntos de colores.

Carlos sabía desde el primer momento que no iba a ser una buena jornada. Despertó con la sensación de no haber descansado del todo y un dolor en el costado que acusaba sus malas posiciones para el sueño. Había sido una semana de sol quemante y precisamente esa mañana el cielo bostezaba con un gris que le hacía recordar a un pianista en medio de una ciudad moribunda de guerra.
Su madre entró desaforadamente y lo despertó o, mejor dicho, lo levantó. Ya desde un tiempo atrás llevaba piedritas en el alma, por ello es que no le parecía algo inusual haber despertado con esa sensación de asco. Él bien sabía lo que pasaba, no era algo con lo que Lacan o Camus pudieran ayudar. Necesitaba un círculo seguro de amigos, una novia que no se espantara ni se emocionara hablando de sexo y un par de litros de bourbon o tequila.
Desde la azotea de su casa observaba los barrios construidos sobre cerros y a las chicas de enfrente que desde temprano hablaban muy fuerte como válvula de escape de su realidad, su falta de buena vida apaciguada en un par de mentadas de madre. Las casas construidas sobre cerros, que en un principio se caían en tiempos de lluvias, se veían in poco más opacas que de costumbre, por ello es que los puntos de colores bajando por la avenida casi vertical llamó la atención del chico con la ropa del tendedero a las manos. Carlos estaba lacónico hasta de pensamiento y por ello es que dio cuenta de ese recuerdo sólo con el cereal de colores entre la leche acuosa.
Sentirse vivo no es lo mismo que querer estarlo. El agua se había helado por la nicho y el sentimiento vital era por las manos mojadas en la madre de Carlos. Gritaba por costumbre y Carlos pensaba que se parecería a la mujer que pasaba la vida lavando y cantando en “1984”. Ninguno esperaba la visita de Alejandro ni más personas que los testigos de Jehová. No había vuelto la mujer, aferrada a su y con transpiración abundante, desde que cada argumento era deshebrado por un joven con cara somnolienta.
-Estoy preocupado por ti.
-Disculpa por preocuparte. Creo que aún no me conocer lo suficiente como para darte cuenta que no te voy a sonreír a esta hora.
-Venía a pedirte un favor.
-Con tal de que te vayas pronto.
Un rictus de desagrado se dibujó en el rostro de Alejandro y se fue azotando la puerta que había quedado entreabierta.
-Así no se contesta.
-Mamá, no quiero ver a nadie hoy.
El resto de la tarde se la pasó leyendo sobre un detective Poirot con un hastío dorado. Los gritos de furia lo levantaron de golpe y se encontró a su madre amenazando a tres jóvenes con un cebollero. Los jóvenes llevaban máscaras de un pelón-orejón, de un alto-bigotón, y de un “rostro” con copete. La reacción inmediata de Carlos fue carcajearse por las máscaras, por su progenitora insultando, por el hastío, porque llevaban playeras de colores brillantes. Aumentó su carcajada  la cara de su madre cuando le mostraron sendos machetes en las manos.
-¡Váyase a su cuarto!- Tomaron del brazo a la mujer, pero ella intentó herir al joven que la tomaba. Desde entonces todo pasó muy rápido, la mujer quedó con un dedo menos y Carlos estaba en el suelo sin poder moverse, quizás con un par de costillas rotas. Tampoco tenía ganas de moverse, no tenía ganas de defenderse y sólo podía pensar que parecía que el más bajo de ellos conocía la casa. Parece que hubo un pequeño diálogo:
-¿De qué se trata todo esto?
-Tú te vas a quedar aquí y todo va a estar bien.
Brillaron los ojos de Carlos, pues había reconocido la voz de la visita matutina.
-Tu casa es imprescindible para fines que son mayores que todos nosotros y cualquier pelea que se pase.
Carlos se burlaba como podía, tirado en el suelo, y el odio incrementaba como marea que sube. Había salido de la monotonía y apenas podía moverse.
Fueron llegando uno por uno y en menos de media hora su casa estaba llena de chicos y chicas con el rostro cubierto y playeras de colores brillantes. Al fondo de la sala, junto a una nochebuena casi seca, uno de ellas cantaba: “I´ll wait for you there, like a Stone. I´ll wait for you there… alone.”
La madre de Carlos huyó y fue a la policía. Una patrulla llegó a aquella casita 48 horas después y nunca regresaron el par de hipertensos que reían en el auto.

Carlos ya se había habituado a no pensar sin moverse. “Quizás sea mejor ser un Robespierre por un momento que este hastío de un Don Nadie”, pensaba y sonreía mientras sanaban sus heridas en medio de playeras de colores brillantes.

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