Carlos sabía desde el primer momento que no iba a ser una buena jornada. Despertó con la sensación de no haber descansado del todo y un dolor en el costado que acusaba sus malas posiciones para el sueño. Había sido una semana de sol quemante y precisamente esa mañana el cielo bostezaba con un gris que le hacía recordar a un pianista en medio de una ciudad moribunda de guerra.
Su madre entró desaforadamente y lo despertó o, mejor dicho, lo levantó. Ya desde un tiempo atrás llevaba piedritas en el alma, por ello es que no le parecía algo inusual haber despertado con esa sensación de asco. Él bien sabía lo que pasaba, no era algo con lo que Lacan o Camus pudieran ayudar. Necesitaba un círculo seguro de amigos, una novia que no se espantara ni se emocionara hablando de sexo y un par de litros de bourbon o tequila.
Desde la azotea de su casa observaba los barrios construidos sobre cerros y a las chicas de enfrente que desde temprano hablaban muy fuerte como válvula de escape de su realidad, su falta de buena vida apaciguada en un par de mentadas de madre. Las casas construidas sobre cerros, que en un principio se caían en tiempos de lluvias, se veían in poco más opacas que de costumbre, por ello es que los puntos de colores bajando por la avenida casi vertical llamó la atención del chico con la ropa del tendedero a las manos. Carlos estaba lacónico hasta de pensamiento y por ello es que dio cuenta de ese recuerdo sólo con el cereal de colores entre la leche acuosa.
Sentirse vivo no es lo mismo que querer estarlo. El agua se había helado por la nicho y el sentimiento vital era por las manos mojadas en la madre de Carlos. Gritaba por costumbre y Carlos pensaba que se parecería a la mujer que pasaba la vida lavando y cantando en “1984”. Ninguno esperaba la visita de Alejandro ni más personas que los testigos de Jehová. No había vuelto la mujer, aferrada a su y con transpiración abundante, desde que cada argumento era deshebrado por un joven con cara somnolienta.
-Estoy preocupado por ti.
-Disculpa por preocuparte. Creo que aún no me conocer lo suficiente como para darte cuenta que no te voy a sonreír a esta hora.
-Venía a pedirte un favor.
-Con tal de que te vayas pronto.
Un rictus de desagrado se dibujó en el rostro de Alejandro y se fue azotando la puerta que había quedado entreabierta.
-Así no se contesta.
-Mamá, no quiero ver a nadie hoy.
El resto de la tarde se la pasó leyendo sobre un detective Poirot con un hastío dorado. Los gritos de furia lo levantaron de golpe y se encontró a su madre amenazando a tres jóvenes con un cebollero. Los jóvenes llevaban máscaras de un pelón-orejón, de un alto-bigotón, y de un “rostro” con copete. La reacción inmediata de Carlos fue carcajearse por las máscaras, por su progenitora insultando, por el hastío, porque llevaban playeras de colores brillantes. Aumentó su carcajada la cara de su madre cuando le mostraron sendos machetes en las manos.
-¡Váyase a su cuarto!- Tomaron del brazo a la mujer, pero ella intentó herir al joven que la tomaba. Desde entonces todo pasó muy rápido, la mujer quedó con un dedo menos y Carlos estaba en el suelo sin poder moverse, quizás con un par de costillas rotas. Tampoco tenía ganas de moverse, no tenía ganas de defenderse y sólo podía pensar que parecía que el más bajo de ellos conocía la casa. Parece que hubo un pequeño diálogo:
-¿De qué se trata todo esto?
-Tú te vas a quedar aquí y todo va a estar bien.
Brillaron los ojos de Carlos, pues había reconocido la voz de la visita matutina.
-Tu casa es imprescindible para fines que son mayores que todos nosotros y cualquier pelea que se pase.
Carlos se burlaba como podía, tirado en el suelo, y el odio incrementaba como marea que sube. Había salido de la monotonía y apenas podía moverse.
Fueron llegando uno por uno y en menos de media hora su casa estaba llena de chicos y chicas con el rostro cubierto y playeras de colores brillantes. Al fondo de la sala, junto a una nochebuena casi seca, uno de ellas cantaba: “I´ll wait for you there, like a Stone. I´ll wait for you there… alone.”
La madre de Carlos huyó y fue a la policía. Una patrulla llegó a aquella casita 48 horas después y nunca regresaron el par de hipertensos que reían en el auto.
Carlos ya se había habituado a no pensar sin moverse. “Quizás sea mejor ser un Robespierre por un momento que este hastío de un Don Nadie”, pensaba y sonreía mientras sanaban sus heridas en medio de playeras de colores brillantes.