La mejor forma de escribir una nota.

By Theodor Benda

Afuera seguía lloviendo. Los indios se habían ido. El cristal de la ventana se encontraba empañado y, por un juego de luces, se había convertido en un espejo más. Ella susurraba palabras ininteligibles sentada en el piso, en medio del cuarto. Era su rostro blanco, más blanco por la luz y era su cabello negro como fuego que muy lentamente se mueve.
Yo había llegado dos horas antes en medio de la noche más obscura del año. El cielo derramaba gotas muy pequeñas, de esas que se posan un momento antes de ser absorbidas por el mundo debajo de ellas. La luna no existía en la última noche de abril; se podían oír mis pasos, el sonido del agua desde el cielo y el canto de alguien a lo lejos. Sabía que ella había estado esperando mucho tiempo, más del que a mí me hubiera gustado esperar. Me hubiera gustado decirle: “si yo fuera tú ya no estaría aquí. Deberías tenerte un poco de respeto… nada más un poquito de dignidad”. Pero desde la esquina comenzó a ser el dolor cada vez más intenso. Era una fuga de vapor desde dentro de mi cabeza en que creí perder los oídos, ese sonido agudo y los latidos de mi corazón amplificados como nunca antes hubiera escuchado.
Ella se encontraba en el diván como si fuera parte de la habitación, como la estatua sempiterna del gran artista de la que todos admiran la belleza y armonía porque es lo usual. Y en verdad era bella: dos piernas como dos columnas corintias. A ella le hubiera causado mucha gracia la comparación y me hubiera gritado: “Petrarca”. Ahora recuerdo un rizo sobre su nariz, tenía una forma de tomar café como si pudiera leer la verdad de las mentiras que se lanzaron discretamente durante la charla; miraba a lo lejos para observar mi rostro cuando yo estaba a su lado y me decía: “tú siempre tienes algo que decir”. Pero esta noche estaba sin palabras.
Afuera seguía lloviendo y me gustaba languidecer junto a la ventana. Es de esas veces que te sientes un poco más vivo de lo habitual: yo lo hacía con el frío cristal contra mi dedo escribiendo tu nombre en letras entrelazadas y puntos. Tu nombre (aquella palabra maldita) que había escrito tantas veces en la piel y las entrañas de la ciudad para que así, por algún fenómeno sin sentido, te dieras cuenta de mi amor por ti.
Con la mano empujando la puerta con miedo, con mi ser detrás de mi sombra en el umbral de la puerta volví a sentir tu perfume dulzón y me tomó hacia la tarde en la que huía de tus palabras que se desvanecían en el aire y a través del espacio rajado, abierto por mi rencor. Siempre odié tu alegre ignorancia, por lo que me pasaba las noches en medio de la obscuridad de mi cuarto imaginando con claridad y precisión cada uno de tus movimientos después del glorioso advenimiento de mi palabra, llave del paraíso terrenal aquella frase practicada hasta que mis labios se volvieron acacias secas.
Yo en el umbral de la puerta: mojado de pies a cabeza, seco y duro como siempre he sido, y con gusanos dentro de mi cabeza. Tú te presentabas como nunca antes: sin máscaras y sin mimetismos, la mirada a lo lejos recordando mis palabras a veces violentas y frontales y a veces de seda o de algodón.

Mi nombre es Juan P. 
Hoy como todos los días desde hace mucho tiempo llegué a mi recámara en esta estancia, recámara que siempre tienen las luces prendidas y con una sola ventana hacia una calle solitaria en las madrugadas. Bajé el cuadro del diván al suelo y me senté junto a la ventana para ver llover. Sé que no me falta mucho porque he sido un mal abogado y una mala persona. Ya van tres noches y quizás mañana sí me encuentran. Si de algo estoy seguro, y feliz, es de que los indios volverán. No me hace falta leerlo en el café. 
31 de abril de 1934. 

Epifanía

Llevo un buen tiempo tratando de escribir algo bien, pero no sale nada de mi mente. Quizás sí es que se me han subido a la cabeza los comentarios de aquellas personas; al fin y al cabo, nadie puede ser buen escritor a los 12.
He tratado de leer y seguir las pautas de los grandes de la literatura, pero al final de cada lectura llego a la conclusión de que soy un simple mortal frente a aquellos titanes.
No sé No sé si soy el único que siente esto, pero me siento raro entre los demás chicos de mi edad. En la escuela los demás chicos hablan de fiestas con alcohol ( de sus hermanos mayores, fortuna de la que carezco) y llevan revistas con mujeres desnudas y, aunque no deja de llamarme la atención, no me obsesiono con ello no es de lo único de lo que hablo como ellos. Creo que sí, la palabra que buscaba era obsesión.
A veces me pongo a pensar y creo que la verdadera razón de mi rareza es la ruptura de mis padres (tanto entre ellos como en mi cabeza). Aunque eso  en mi mente sigue constante mi propia  obsesión; ganar la fama que tiene Cervantes u Homero. Pero ellos para mí siguen siendo dioses creadores inalcanzables, para mí que soy un simple mortal entre los  mortales.
Creo que sólo Fernando Y Angélica Son los que me entienden o tratan de entenderme. Ellos fueron los únicos que me consolaron cuando mi abuela descargó toda la furia acumulada en una vida de penas sobre mí. Recuerdo que estuve llorando todo el día y el cobarde reclamo de mi padre por vivir en la casa de mi abuela.
Cuando era más pequeño soñaba con casarme y ser feliz con Angélica, pero ahora ya no quiero eso, sé que las personas que se casan siempre terminan mal. Ahora sé que cuando crezcamos podemos ser simplemente novios y cuando nos cansemos el  uno del otro podremos seguir nuestros propios caminos. De hecho, me he esforzado por escribir poemas resaltando su belleza y la pasión que siento hacia ella pero, después, la mirada del maestro Octavio me dice que mi poesía apenas y alcanza a una cancioncilla cursi de la radio.
Las vacaciones siempre han acabado por joderme, pero esta vez más.
Nos vamos a la temida secundaria y no sé si volveré a ver de nuevo a mi Angélica. Después de seis años debe ser algo mía. Además, la tinta sobre el papel resulta demasiado ingrata para al fin demostrarle mis sentimientos. ¿Por qué no puedo ser Bécquer o Miguel Hernández para tener las palabras exactas? Voy y leo y releo a Neruda, pero por ningún lado encuentro mi propia originalidad. Parece que todo es inútil, parece que me mentían, si ni siquiera puedo escribir algo signo de mi amada creo que todo esto no tiene sentido.
De repente, en medio de la habitación medio obscura, en donde su desesperación se olía y oía, un ligero temblor comenzó a apoderarse de su cabeza, desde el cuello los músculos no obedecían al cerebro que estaba en medio de la obscuridad de sus pensamientos. Livianas gotas caminan despacio por sus mejillas y su nariz la cual comienza a sangrar en armonía con el tímido llanto, todo su cuerpo comienza a temblar. En un acto instintivo toma la pluma y comienza a escribir:
“¿Cómo quería subir sin estar abajo?
Inicio desde el fondo…”



El laberinto de Ktulu

Él comenzó a besarla. Sabía que se iría al amanecer, antes de que ella despertara.
Ella lo amaba, al igual que tantas.
Ángel  nunca upo lo que era no tener comida ni amor, todo lo tenía y todo lo desechaba. Sus penetrantes ojos grises y cabello castaño era su principal arma en esta continua masacre.
Lo tomaba todo y lo desechaba. Lo tenía todo y lo desechaba.
Luis siempre le había dicho que era un hombre afortunado y trataba de darle ánimo. Sólo Luis sabía que detrás de ese hombre que irradiaba y atraía, casi magnéticamente, al llegar a cualquier lugar, había una gran melancolía.
El último intento de su gran amigo por Ángel fue el psicoanálisis. Una chica con la que se había impuesto salir hasta que consiguiera lo que deseaba era psicoanalista. De esas del L. La chica era guapa para él, quizá demasiado exuberante para la sociedad de aquel tiempo. Le habló de Lacan.
Ángel fue a consulta con aquella chica y consiguió una noche la cual bien podría ser aplaudida por Sade, si hubiera visto todo aquello; con el alba llegó la mayor depresión de la vida de Ángel. No es cualquier cosa traicionar, aunque sólo sea en apetito, al único que te ha intentado ayudar. La chica, ya en confianza, habló de más. Ángel supo que aquello por lo que sufría no podría ser encontrado jamás.
Cuando pasaron tres días y Luis no encontró a su amigo en los lugares que aquel joven frecuentaba fue a su casa. Supo que esta vez tendría que romper el cristal de la ventana en su cuarto para poder verlo. Creo que era mejor no hacerlo.
La obscuridad era extrema. Luis prendió la luz y vio un escurridizo ser que huía debajo de la cama. El invasor tomó a su amigo del tobillo, lo vio y lloró como nunca antes en su vida.
Ángel hizo un gran esfuerzo para tratar de huir y murió.
Ángel, en ese momento, era  un ser completamente blanco y con una piel más fía que la nieve. Incluso su sedoso cabello castaño se había vuelto blanco. Sólo resaltaban en él sus párpados hinchados, grandes, muy grandes, su rostro desaparecía en sus rojos párpados. En sus párpados se había agolpado toda la sangre de su cuerpo, o la mayoría de lo que quedaba, y parecían a punto de estallar.
Luis comenzó a enloquecer ante aquella escena. Tomó de nuevo el tobillo y rompió un hueso de su amigo. Entonces, poco a poco, acercó su rostro muy lentamente a los párpados de su hermano. Descansó so rostro sobre aquellas bolsas de piel que contenían sangre y derramó sus últimas lágrimas.
Durante aquel pequeño de instante puede ver lo que su amigo:
Sabe que sueña. Camina sin camino, hasta que llega a aquel lugar de piedra. Esos seres, perfectamente pulidos, lo observan y sale una y otra vez de su mirar. Tiene que seguir, “eso” ha despertado y lo sigue. Camina, sube, entra, baja, sale. Ahora sabe que debe seguir “eso”, está cada vez más cerca. Corre, corre, corre, sale, entra, baja y corre para salir. Pero no hay cielo que lo ilumine y “eso” ahora lo invade.
Todos sus sentidos se ciegan y vuelve a sonreír. Da media vuelta y suelta una carcajada. Camina hacia “eso” y siente el placer verdadero, es feliz. Entra y alcanza la plenitud del ser, sabe que la salida no existe. 

Pequeñas crónicas I

De nuevo salía del subsuelo
con el perfume de la ciudad cansada,
y creí ver a mi amada.
Sólo era una muñeca con un velo.

Fue impresionante ver de nuevo las estrellas en el Distrito Federal. Hace mucho tiempo que la contaminación no me había dejado verlas y de repente me sentí más iluminado que de costumbre al caminar en estas aceras donde todos se cuidan de todos.

Y es que su perfume me tomó
por el cuello y comenzó a arrastrarme.
Sentía que ella nació para besarme
cuando el fango me despertó.

No recordaba la última vez que había ido a ese castillo de la Ciudad de México. Y es que ese jardín es como algo que siempre estuvo, creo que en mis sueños. Al final las historias de esta tierra son mías. Como diría ese grupo de músicos semirevolucionarios colombianos, esto es mío. Ahora es que retomo el sentido de la amistad, eso que te lleva cuando ya no tienes fuerzas de seguir y que puedes encontrar en muy  pocas personas. Puedo contarlos con los dedos de una mano y me corto más de un dedo.

Tomé su mano de hombre y lo dirigí
en el camino al que él me llevaba.
Por dentro me veía y lloraba
al no explicarse cómo sobreviví.

En el metro ponen música tranquila para la gente que va con tensión por todos lados. Sin embargo a mí no me ayuda en nada y tuve que correr para no oír ese principio que me parece tan aterrador y al mismo tiempo me reía. No quiero llegar a ser algún día como los zombies que veo todas las noches al regresar. Sé que están cansados, pero también sé que no pueden ver la belleza de cada uno de sus pasos.

Tres veces la besé con la mirada
y ella recibió cada uno de los besos
acariciando mi mirada.
Nos alejaron los pasos.

Vi de nuevo a aquella chica, pero no como la primera vez. Ahora estaba acompañada y nerviosa, deslizándose en la obscuridad, tomando su mano, tratando de evadirse. La primera vez que la vi salía el Sol y su luz se deslizaba por su rostro, estaba sola tan sola como en verdad es como siempre será, la miel en su mirada destelló y me tiró de un zarpazo, mientras ella trataba de convencerse de que todo va estar bien después de aquel error. Creo que no se ha solucionado su vida. Espero me recuerde tan de vez en cuando como yo la vuelvo a ver como aquella vez.

Ayer me dijo un ave que volara…

Añadir leyenda

Camino hacia el Castillo de Chapultepec.

Armando me contó un cuento

…Well, shake it, shake it, shake it baby now…
Y Los Beatles descargan toda su energía en esta canción, que recuerdo que escuché por primera vez en un taxi.
La verdad es que esta es sólo para no perder la costumbre. Últimamente he estado platicando mucho con Armando. Es que volví a hablar con Anita (aunque sea por Facebook) y estuve pensando en esto de perder a tu mejor amiga  y de repente se me vino a la cabeza que Santiago adora a esa niña, yo sólo quería aconsejarle un poco, pero es muy cobarde cuando de sentimientos se trata. Pero es que sólo no quiero que se repita esta historia en donde se pierden dos personas que alguna vez se quisieron, estuve pensando mucho en eso.  Ese ha sido el tema con Armando, pero creo que no  vale la pena aburrir a alguien con mis meditaciones filosóficas  y todo eso. Por otro lado, creo que si ese alguien esta leyendo esto es porque no le parecería tan aburrido, pero mejor una historia.
                                                                    ***
Si llegas al estado de Tabasco puedes encontrar el principio de la selva mexicana. En aquellos tiempos las personas que habitaron cerca de aquel maravilloso lugar conocieron la historia de dos hipopótamos azules. Ahora los podrías tomar por animales míticos, pero yo estuve ahí y sé que en verdad existieron, ahora existen en otro lugar simplemente.
Crecí en aquellos lugares a los que habían llegado mis antepasados y poco a poco habían formado un lugar estable. Una vez me asuste mucho al ver mi rostro tallado en una piedra… aquella vez.
Recuerdo cuando ví a los hipopótamos azules por primera vez, la iba siguiendo a ella. La había visto tiempo antes en la aldea pero ya no recordaba su nombre, recuerdo incluso que llegué a hablar con ella escondido del sistema que decía que si hablabas a solas con una chica es que tenías que tomarla por esposa. No me hubiera importado casarme con ella, en ese tiempo sé que a ella tampoco le hubiera costado, pero las cosas se dan cuando se dan. Y llegamos hasta aquella cueva del lago subterráneo. Yo sabía que ella iba de vez en cuando hacia allá, pero creía que era sólo para doblar en el gran ahuehuete e ir al río, pero no era así. Ella entró a la cueva y se adentro hasta llegar al lago, como si supiera que yo estaba allí, poco a poco fue bajando sus vestiduras por su cuerpo y peino su cabello de manera que resbalé por la piedra tan lisa de aquel lugar.
Cuando desperté vi su bello rostro frente al mío y, para mi sorpresa, las vestiduras aún estaban en el húmedo suelo de aquel lugar. Ella me invitó a bañarme en aquel lago, siento haber aceptado por aquellos animales.
Los dos nos enamoramos al tiempo que pasaban a nuestro lado hipopótamos azules los cuales disfrutaban de nuestra feliz presencia en aquel lugar.
Poco a poco fuimos dejando la aldea hasta que nuestro hogar fue la cueva de los hipopótamos definitivamente. Todas las mañanas nos despertábamos mutuamente con besos, no bañábamos y salíamos a buscar la comida del día. Aquellos amigos azules eran diferentes a todos los demás animales.
Todos los días hacíamos el amor, reíamos, cada pequeño  fruto era un banquete para los dos y los amigos azules sólo nos observaban. Nos observaban, pero su mirada no nos molestaba, es la mirada que sabes  que te admira y quiere ser como tú y te elevas.
Viviendo en una cueva sobre las nubes del amor y la admiración de los demás habitantes, vivir entre besos y belleza, belleza que nunca antes vi, que sólo ella mi hizo ver; y el agua se volvía azul al tiempo que parecía que se estaban lavando  los amigos.
Pero todo termina. Un día que entraba a la cueva con la sonrisa de siempre oí el grito más agudo que nunca volveré a oír y corrí con todas mis fuerzas al centro de nuestra morada. Sólo pude ver el rostro horrorizado de mi amada, y volqué mi mirada hacia el punto que ella contemplaba. Allí estaban, Todos los hipopótamos, en un gran abrazo, grises y muertos. Habían aprendido a amar.
Ella saltó al lago y nunca más volvió.

Quizás es que no tomamos matrimonio como era debido, y por eso que que hasta ahora no he muerto.

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