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| By Theodor Benda |
Epifanía
El laberinto de Ktulu
Pequeñas crónicas I
con el perfume de la ciudad cansada,
y creí ver a mi amada.
Sólo era una muñeca con un velo.
Fue impresionante ver de nuevo las estrellas en el Distrito Federal. Hace mucho tiempo que la contaminación no me había dejado verlas y de repente me sentí más iluminado que de costumbre al caminar en estas aceras donde todos se cuidan de todos.
Y es que su perfume me tomó
por el cuello y comenzó a arrastrarme.
Sentía que ella nació para besarme
cuando el fango me despertó.
No recordaba la última vez que había ido a ese castillo de la Ciudad de México. Y es que ese jardín es como algo que siempre estuvo, creo que en mis sueños. Al final las historias de esta tierra son mías. Como diría ese grupo de músicos semirevolucionarios colombianos, esto es mío. Ahora es que retomo el sentido de la amistad, eso que te lleva cuando ya no tienes fuerzas de seguir y que puedes encontrar en muy pocas personas. Puedo contarlos con los dedos de una mano y me corto más de un dedo.
Tomé su mano de hombre y lo dirigí
en el camino al que él me llevaba.
Por dentro me veía y lloraba
al no explicarse cómo sobreviví.
En el metro ponen música tranquila para la gente que va con tensión por todos lados. Sin embargo a mí no me ayuda en nada y tuve que correr para no oír ese principio que me parece tan aterrador y al mismo tiempo me reía. No quiero llegar a ser algún día como los zombies que veo todas las noches al regresar. Sé que están cansados, pero también sé que no pueden ver la belleza de cada uno de sus pasos.
Tres veces la besé con la mirada
y ella recibió cada uno de los besos
acariciando mi mirada.
Nos alejaron los pasos.
Vi de nuevo a aquella chica, pero no como la primera vez. Ahora estaba acompañada y nerviosa, deslizándose en la obscuridad, tomando su mano, tratando de evadirse. La primera vez que la vi salía el Sol y su luz se deslizaba por su rostro, estaba sola tan sola como en verdad es como siempre será, la miel en su mirada destelló y me tiró de un zarpazo, mientras ella trataba de convencerse de que todo va estar bien después de aquel error. Creo que no se ha solucionado su vida. Espero me recuerde tan de vez en cuando como yo la vuelvo a ver como aquella vez.
Ayer me dijo un ave que volara…
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Camino hacia el Castillo de Chapultepec.
Armando me contó un cuento
Y Los Beatles descargan toda su energía en esta canción, que recuerdo que escuché por primera vez en un taxi.
La verdad es que esta es sólo para no perder la costumbre. Últimamente he estado platicando mucho con Armando. Es que volví a hablar con Anita (aunque sea por Facebook) y estuve pensando en esto de perder a tu mejor amiga y de repente se me vino a la cabeza que Santiago adora a esa niña, yo sólo quería aconsejarle un poco, pero es muy cobarde cuando de sentimientos se trata. Pero es que sólo no quiero que se repita esta historia en donde se pierden dos personas que alguna vez se quisieron, estuve pensando mucho en eso. Ese ha sido el tema con Armando, pero creo que no vale la pena aburrir a alguien con mis meditaciones filosóficas y todo eso. Por otro lado, creo que si ese alguien esta leyendo esto es porque no le parecería tan aburrido, pero mejor una historia.
***
Si llegas al estado de Tabasco puedes encontrar el principio de la selva mexicana. En aquellos tiempos las personas que habitaron cerca de aquel maravilloso lugar conocieron la historia de dos hipopótamos azules. Ahora los podrías tomar por animales míticos, pero yo estuve ahí y sé que en verdad existieron, ahora existen en otro lugar simplemente.
Crecí en aquellos lugares a los que habían llegado mis antepasados y poco a poco habían formado un lugar estable. Una vez me asuste mucho al ver mi rostro tallado en una piedra… aquella vez.
Recuerdo cuando ví a los hipopótamos azules por primera vez, la iba siguiendo a ella. La había visto tiempo antes en la aldea pero ya no recordaba su nombre, recuerdo incluso que llegué a hablar con ella escondido del sistema que decía que si hablabas a solas con una chica es que tenías que tomarla por esposa. No me hubiera importado casarme con ella, en ese tiempo sé que a ella tampoco le hubiera costado, pero las cosas se dan cuando se dan. Y llegamos hasta aquella cueva del lago subterráneo. Yo sabía que ella iba de vez en cuando hacia allá, pero creía que era sólo para doblar en el gran ahuehuete e ir al río, pero no era así. Ella entró a la cueva y se adentro hasta llegar al lago, como si supiera que yo estaba allí, poco a poco fue bajando sus vestiduras por su cuerpo y peino su cabello de manera que resbalé por la piedra tan lisa de aquel lugar.
Cuando desperté vi su bello rostro frente al mío y, para mi sorpresa, las vestiduras aún estaban en el húmedo suelo de aquel lugar. Ella me invitó a bañarme en aquel lago, siento haber aceptado por aquellos animales.
Los dos nos enamoramos al tiempo que pasaban a nuestro lado hipopótamos azules los cuales disfrutaban de nuestra feliz presencia en aquel lugar.
Poco a poco fuimos dejando la aldea hasta que nuestro hogar fue la cueva de los hipopótamos definitivamente. Todas las mañanas nos despertábamos mutuamente con besos, no bañábamos y salíamos a buscar la comida del día. Aquellos amigos azules eran diferentes a todos los demás animales.
Todos los días hacíamos el amor, reíamos, cada pequeño fruto era un banquete para los dos y los amigos azules sólo nos observaban. Nos observaban, pero su mirada no nos molestaba, es la mirada que sabes que te admira y quiere ser como tú y te elevas.
Viviendo en una cueva sobre las nubes del amor y la admiración de los demás habitantes, vivir entre besos y belleza, belleza que nunca antes vi, que sólo ella mi hizo ver; y el agua se volvía azul al tiempo que parecía que se estaban lavando los amigos.
Pero todo termina. Un día que entraba a la cueva con la sonrisa de siempre oí el grito más agudo que nunca volveré a oír y corrí con todas mis fuerzas al centro de nuestra morada. Sólo pude ver el rostro horrorizado de mi amada, y volqué mi mirada hacia el punto que ella contemplaba. Allí estaban, Todos los hipopótamos, en un gran abrazo, grises y muertos. Habían aprendido a amar.
Ella saltó al lago y nunca más volvió.
Quizás es que no tomamos matrimonio como era debido, y por eso que que hasta ahora no he muerto.




